A tu ritmo, fijo o aleatorio
Elige un intervalo fijo de 1 minuto a 2 horas, o deja que llegue en un momento imprevisible entre un mínimo y un máximo. Lo aleatorio evita que la mente anticipe el sonido.
Un cuenco tibetano suena cada cierto tiempo.
Ahí estás otra vez: respiras, notas el cuerpo, sigues.
Revenir es un recordatorio de atención plena para Android: gratuito, y sin ruido de por medio.
Todavía no está publicada en Google Play. El enlace de descarga aparecerá aquí en cuanto lo esté.
Muy pronto también en la App Store, para iPhone y iPad.
Revenir es una palabra francesa. Significa volver, regresar, venir
de nuevo.
No es arriver, llegar a un sitio nuevo: es volver a uno
en el que ya has estado.
Y esa es exactamente la forma que tiene esto. No consiste en alcanzar un estado y quedarse ahí. Nadie se queda. Te vas a ir —en mitad de una frase, conduciendo, fregando los platos, probablemente antes de terminar este párrafo—, y no porque lo estés haciendo mal. La atención se marcha sola, sin pedir permiso y sin avisar, decenas de veces al día. Es lo que hace la atención.
Durante un tiempo eso parece el problema. Después uno entiende que no lo es. Irse no es el fallo: irse es la condición. Lo único que se practica es el regreso.
Por eso el nombre está en infinitivo y no lleva número. No es «vuelve una vez». Es volver: otra vez, y otra, y otra más, sin llevar la cuenta y sin reprocharte el rato que has estado fuera —el reproche es solo otra manera de seguir fuera—. Y la vuelta número cuatro mil no vale menos que la primera. Se vuelve entero o no se vuelve, y siempre se vuelve entero.
Nada exterior puede sostener tu atención. Ni esta app, ni ninguna otra. Lo único que hace es señalar el instante en que puedes volver a elegir dónde la pones.
No hay a dónde llegar. Solo a dónde volver.
La mayoría de apps de meditación quieren que pases tiempo dentro de ellas. Revenir quiere lo contrario: que la abras dos minutos, la configures a tu ritmo y te olvides de que existe. Solo vuelve el recuerdo.
Elige un intervalo fijo de 1 minuto a 2 horas, o deja que llegue en un momento imprevisible entre un mínimo y un máximo. Lo aleatorio evita que la mente anticipe el sonido.
Cualquier archivo de audio de tu móvil puede ser el aviso: la campana de tu centro, el cuenco que tienes en casa, lo que quieras. Y si prefieres no complicarte, vienen varios sonidos incluidos.
Define un tramo en el que no debe sonar —de 20:00 a 9:00, por ejemplo— y la app ni siquiera despierta el móvil durante ese rato.
Una reunión, un cine, un viaje. Detén los avisos de 1 a 24 horas y se reanudan solos. También puede callarse si el móvil está en silencio o en modo avión.
El modo alarma usa las alarmas exactas de Android, así que el aviso llega a su hora aunque la pantalla lleve horas apagada. Y se reprograma solo si reinicias el móvil.
Paletas de color serenas, degradados suaves o tu propia foto de fondo.
Escucha los cuencos incluidos y quédate con el que te siente bien. O trae el tuyo.
Cada 30 minutos para empezar. Luego ajusta: cada 15 si quieres más presencia, cada 2 horas si quieres solo un ancla.
La app se cierra y el recuerdo llega solo. Verás el próximo aviso en la barra de notificaciones si quieres.
Solo cuando haya algo que contar: la versión para iPhone, sonidos nuevos, cambios que te afecten. Ni boletines semanales ni recordatorios para que vuelvas a la app — eso sería lo contrario de lo que hace Revenir.
La mayor parte del día ocurre sin nosotros. Conduces un trayecto entero y no recuerdas ni un semáforo. Te comes una comida mirando una pantalla y al levantarte no sabrías decir a qué sabía. Mantienes una conversación completa mientras por dentro ensayas otra. No es que falle la memoria: es que no había nadie apuntando.
Estar presente no es concentrarse más fuerte, ni poner cara de calma, ni pensar en uno mismo. Es algo más sencillo y más raro: darte cuenta a la vez de lo que estás haciendo y de que eres tú quien lo está haciendo. Las dos cosas al mismo tiempo, sin que ninguna tape a la otra. Cuando pasa, se reconoce enseguida. Y dura poco.
Ahí está la parte incómoda: la presencia no se sostiene por decisión. Puedes proponerte estar presente todo el día con la misma seriedad con la que podrías proponerte no dormirte esta noche, y el resultado será parecido. Dura unos segundos y se va, y lo peor es que ni siquiera te enteras de que se ha ido: para darte cuenta tendrías que estar presente.
Por eso no se sostiene: se recupera. Y para recuperarla hace falta algo que venga de fuera y que no forme parte de aquello en lo que estabas metido. Un sonido que no pertenece a lo que estás haciendo, que no te pide nada y que llega cuando no lo esperas. Eso es todo lo que hace esta app.
La práctica formal —sentarse veinte minutos por la mañana— es valiosa, pero deja veintitrés horas y media sin cubrir. Un recordatorio de atención plena repartido por el día llena ese hueco. Sirve para hacer pausas conscientes en el trabajo, para cortar la rumiación antes de que se convierta en ansiedad, para acordarse de respirar y soltar los hombros durante el teletrabajo, para marcar bloques de estudio o como temporizador de meditación por intervalos. No hay una forma correcta de usarla.
Estar presente no se decide. Se recuerda.
Revenir no enseña nada. No hay cursos, ni maestros, ni un método que seguir. Solo trae un recuerdo cada cierto tiempo, y lo que hagas con ese instante es asunto tuyo.
Encaja en prácticas muy distintas porque el mecanismo es anterior a todas ellas y más simple que cualquiera: un sonido que no pide nada, que llega cuando no lo esperas y que interrumpe el automatismo el tiempo justo para que puedas darte cuenta de dónde estabas. Lo que sigue no es una lista de funciones. Es un reconocimiento a quienes llevan siglos haciendo esto mismo, mucho antes de que existiera un teléfono donde meterlo. Empezamos por la que dio origen a la app.
De aquí salió esta app. La idea original era mucho más concreta: poder hacer a solas el ejercicio del stop. En el trabajo de Gurdjieff alguien daba la voz de «¡alto!» en un momento cualquiera y todos se quedaban inmóviles exactamente como estaban —a media zancada, con el brazo levantado, con la frase a medio decir— y desde esa postura incómoda se miraban a sí mismos. Lo importante no era la quietud: era que la orden llegaba de fuera y no se podía prever, así que te encontraba tal como eras un segundo antes, sin margen para recomponerte.
Sin grupo no hay quien dé la voz. Un sonido en el móvil no es lo mismo y no pretendemos que lo sea, pero conserva lo esencial: llega cuando no lo esperas y no te deja tiempo de prepararte.
Y una vez construido, dejarlo solo para eso era desaprovecharlo: queríamos compartirlo. Un aviso que interrumpe, que no puedes anticipar y que no te pide nada sirve igual desde cualquier práctica que trabaje la presencia. Por eso hemos querido extenderlo, y por eso está el resto de esta página.
Gurdjieff partía de un diagnóstico incómodo: el hombre vive dormido. Cree que decide, cree que actúa, cree que tiene una voluntad; y en realidad todo le ocurre. Ouspensky cuenta en Fragmentos de una enseñanza desconocida cómo intentó recordarse a sí mismo mientras caminaba por San Petersburgo, y cómo descubrió con espanto que podía pasar horas —días enteros— sin un solo instante de recuerdo de sí. No es que no lo intentara. Es que se olvidaba de que lo estaba intentando.
De ahí viene la imagen del despertador. Gurdjieff decía que a un hombre dormido se le puede despertar con un despertador, pero que se acostumbra a él demasiado deprisa y deja de oírlo: hacen falta muchos, y nuevos, y que no suenen siempre igual. Esa observación es literalmente el motivo por el que Revenir permite elegir un intervalo aleatorio. Un aviso cada media hora en punto se convierte en paisaje en tres días. Uno que puede llegar en cualquier momento entre veinte minutos y una hora no se asienta nunca.
Conviene decir lo que la campana no hace. El recuerdo de sí no es pensar en uno mismo, ni repetirse el nombre, ni hacer inventario de lo que uno siente. Es esa atención dividida que Gurdjieff describía como una flecha con dos puntas: una va hacia lo que estás haciendo y la otra vuelve hacia el que lo está haciendo, a la vez, sin que ninguna se coma a la otra. Eso no lo puede provocar un sonido. Lo único que hace la campana es abrir la puerta; lo que importa es el segundo siguiente, y ese segundo es tuyo.
Y hay un segundo uso, más humilde y quizá más útil al principio: la observación de sí. Cuando suene, antes de corregir nada, fíjate en dónde estabas. Qué postura tenías. Qué estabas rumiando. En qué tono te hablabas por dentro. Sin juzgarlo y sin arreglarlo. Solo mirarlo. La mayor parte del trabajo empieza ahí.
Y un agradecimiento infinito a los grupos de Gurdjieff que hoy siguen manteniendo viva la enseñanza del Maestro.
La campana de la atención plena es literalmente esto. En Plum Village, la comunidad que fundó Thich Nhat Hanh, sonaba varias veces al día: al oírla, todo el mundo detenía lo que estuviera haciendo —la frase a medio decir, el paso a medio dar— respiraba tres veces y luego continuaba. Con el tiempo empezaron a tratar también el timbre del teléfono como una campana de atención plena: no lo cogían hasta el tercer tono, y esos dos tonos eran para respirar.
Merece la pena detenerse en la palabra. Sati, el término pali que traducimos por «atención plena», viene de una raíz que significa memoria, y se traduciría con más exactitud por recordar. No se trata de concentrarse más fuerte ni de poner cara de sereno. Se trata de acordarse. De caer en la cuenta, después de veinte minutos de piloto automático, de que estás aquí y de que esto está pasando ahora.
En un retiro de vipassana el día entero está sostenido por campanas: señalan la sentada, la comida, la caminata, el silencio. Es una de las razones por las que allí resulta más fácil. Al volver a casa esa estructura desaparece de golpe y la práctica se queda sin sitio donde apoyarse. Ese hueco es exactamente el que Revenir intenta cubrir: no sustituye la sentada formal de la mañana, la acompaña durante las otras veintitrés horas.
Un zendo funciona con sonido, no con relojes. El han, la tabla de madera, se golpea antes de zazen con un ritmo que se acelera y luego se apaga. La campana abre la sentada y la cierra. Otra ordena el kinhin, la meditación caminando. Nadie mira la hora: la escucha.
Fuera del zendo no hay nada de eso, y ahí empieza lo difícil. Dogen dedicó un texto entero a las instrucciones para el cocinero del monasterio, el tenzo, porque insistía en que la práctica no está separada de lavar el arroz ni de fregar un cuenco. La sentada no es el lugar donde se practica y la vida el lugar donde se descansa de practicar; son lo mismo. Sostener eso, en un día cualquiera de trabajo y pantallas, es bastante más duro que sentarse cuarenta minutos.
Un recuerdo repartido por el día es un andamio modesto para eso. Y hay algo que encaja bien con la desconfianza del zen hacia todo lo que se vuelve rutina y consuelo: la campana no premia, no felicita, no lleva la cuenta de tus días seguidos. Suena, te encuentra donde estés, y se calla.
En el sufismo, dhikr significa recuerdo o mención: la práctica de no olvidar, sostenida por la repetición hasta que se desliza por debajo de la actividad corriente y sigue ahí mientras uno camina, come o trabaja. La palabra clave vuelve a ser la misma que en el budismo y en el Cuarto Camino, y no es casualidad: lo que se pierde no es la información, es la presencia.
En los monasterios cristianos el día llevaba siglos partido a golpe de campana —maitines, laudes, vísperas, completas— por un motivo prácticamente idéntico: impedir que las horas se fueran enteras sin que nadie levantara la cabeza. El Ángelus sonaba a mediodía para que quien estuviera en el campo se detuviera un momento, y el hermano Lorenzo de la Resurrección escribió un librito entero sobre practicar la presencia de Dios mientras fregaba los cacharros de la cocina del convento.
Las teologías no pueden ser más distintas. El mecanismo es exactamente el mismo: un sonido exterior para que lo interior no se pierda. Si vienes de alguna de estas tradiciones, el gesto te va a resultar familiar; si no vienes de ninguna, sigue funcionando igual.
Ramana Maharshi redujo toda la práctica a una sola pregunta sostenida: ¿quién soy yo? No es una pregunta para contestar. Contestarla —con un nombre, un oficio, una historia— es precisamente la manera de esquivarla. Es una pregunta para habitar: girar la atención ciento ochenta grados y dirigirla hacia el que está atendiendo, y quedarse ahí, sin resolver nada.
La dificultad práctica es que la pregunta se disuelve en cuestión de minutos. Uno se propone sostenerla al levantarse y a media mañana lleva horas sin acordarse de que existía. Un recuerdo en un momento imprevisible la devuelve sin que tu agenda decida cuándo, que es justamente lo que hace falta: si la pregunta llegara siempre a las once en punto, a las once en punto estarías preparado, y estar preparado es otra forma de no mirar.
Lo que se sostiene sobre la esterilla suele caerse en cuanto suena el teléfono. La parte visible del yoga —las asanas— es la más fácil de llevar a un horario; lo que cuesta es el resto: el pratyahara, retirar los sentidos del ruido, o el svadhyaya, el estudio de uno mismo, que no tienen hora fija porque su sitio es el día entero.
Y luego está quien no sigue ninguna tradición ni tiene intención de seguirla. Quien solo quiere cortar la rumiación antes de que crezca hasta convertirse en ansiedad. Quien lleva ocho horas encorvado sobre un portátil y agradece que algo le recuerde soltar los hombros y respirar hasta abajo. Quien se descubre a las siete de la tarde sin saber por dónde se le ha ido la tarde. Eso también cuenta, y no es una versión menor de lo anterior. No hay que pertenecer a nada para querer estar presente en la propia vida.
Solo queremos ayudarte a avanzar en tu camino interior. No sabemos cuál es, ni nos corresponde saberlo. Puede que lleves treinta años sentándote cada mañana antes de que amanezca, o puede que hayas empezado esta semana y todavía te sientas un poco ridículo. Puede que tengas un maestro y un grupo que te sostiene, o que vayas solo con dos libros subrayados y mucha voluntad.
Da lo mismo. El trabajo interior lo haces tú. Nadie puede hacerlo en tu lugar, ni acelerarlo, ni vendértelo en un plan de doce semanas; y quien te diga lo contrario te está vendiendo algo.
Lo único que nosotros podemos poner es el recuerdo. Que suene. Que te encuentre distraído —te va a encontrar distraído, nos encuentra distraídos a todos, ese es justamente el sentido— y que ese instante te traiga de vuelta. Es poco, y somos conscientes de que es poco. Pero repetido veinte veces al día durante un año, deja de serlo.
Por eso es gratis, y lo será siempre. Nos parecería raro cobrar por esto.
Te irás muchas veces. Por eso hay que volver muchas veces.
Vas a oír este sonido muchas veces al día durante mucho tiempo. Conviene que sea una que no te canse, y eso es distinto para cada persona: hay quien necesita un cuenco largo que se apague despacio y hay quien prefiere un golpe seco que no invada nada.
Vienen varias incluidas, todas dentro de la app: no se descarga nada y no se transmite nada. Suenan por el canal de alarma, así que se oyen aunque el móvil esté bloqueado.
Puedes usar cualquier archivo de audio que tengas en el móvil. La campana de tu centro, grabada con el propio teléfono. El cuenco que tienes en casa. Una grabación de una sesión con tu maestro. Un fragmento de música. El gong de un reloj antiguo. Lo que tenga sentido para ti.
Tiene más importancia de la que parece. Si ya asocias un sonido concreto a tu práctica, esa asociación hace sola una parte del trabajo: el sonido no tiene que crear el estado, le basta con llamarlo. Un sonido cualquiera te interrumpe; el sonido correcto te devuelve.
Android te muestra su propio selector de archivos y solo nos concede acceso al archivo que marques. Ni siquiera pedimos permiso general de almacenamiento.
La pantalla principal puede llevar una foto tuya: tu sitio de práctica, un paisaje que signifique algo, la cara de alguien, la montaña donde estuviste el verano pasado. Se ajusta sola y se queda de fondo detrás de los controles.
Si prefieres algo más neutro hay varios degradados incluidos, y también puedes dejarla sin fondo si lo que te sienta bien es el vacío.
A eso se suman varias paletas de color serenas. El tono de esta web es uno de ellos, por si te lo quieres llevar al móvil.
Bajo el logotipo puedes poner una frase corta tuya: la que te repitas, la que te dijo alguien, la pregunta con la que estés trabajando este mes. Aparece cada vez que abres la app. Si la dejas vacía, no se muestra nada y la pantalla se queda como estaba.
Hay un enlace a Notas en la pantalla principal: una hoja en blanco y nada más. Sin listas, sin etiquetas, sin fechas, sin recuento de palabras. Para lo que quieras apuntar cuando suena el recuerdo y hay algo que merece quedarse: dónde estabas, qué te has encontrado, una frase que has leído.
Se guarda solo en tu móvil, en su propio archivo, y no lo lee nadie. La app no tiene forma de sacarlo de ahí ni aunque quisiera.
También puedes apuntarte a las novedades para enterarte de la versión para iPhone y de lo que vaya saliendo.
Nada de esto sale de tu teléfono. La foto que elijas se queda donde está, el sonido también, las notas también, y todo desaparece si desinstalas la app.
El recuerdo no te pide nada. Solo señala que estás aquí.
Esto no es una promesa de marketing que dependa de nuestra buena fe: está impuesto por cómo está construida la app. Puedes comprobarlo tú en la ficha de Google Play, en el apartado de permisos.
Leer la política de privacidad completa (se abre en otra ventana)
Sí, y lo seguirá siendo. No hay versión de pago, ni suscripción, ni funciones bloqueadas, ni anuncios. Queremos ayudar a la gente que quiere meditar y estar presente, y eso no debería costar dinero.
La app, ninguno: ni siquiera pide el permiso de internet en Android, así que técnicamente no puede enviar nada a ningún sitio, y tus ajustes y tus notas se quedan en el móvil y desaparecen al desinstalarla. Lo único que recogemos es el correo de quien decide apuntarse a las novedades, que es voluntario, se pide con una casilla aparte y se puede deshacer cuando quieras.
Solo los imprescindibles para que un aviso suene a su hora: notificaciones, alarmas exactas, reprogramar los avisos tras reiniciar el móvil y mantener la pantalla despierta el instante en que suena. Ni cámara, ni micrófono, ni contactos, ni ubicación, ni internet.
Sí. Todo ocurre dentro del móvil: los sonidos vienen incluidos en la app y los avisos los programa el propio sistema Android. Puedes tener el móvil en modo avión y sonará igual.
Puedes elegir un intervalo fijo entre 1 minuto y 2 horas, o un intervalo aleatorio entre un mínimo y un máximo. El intervalo aleatorio evita que tu mente se acostumbre y anticipe el sonido, que es justo lo que se busca en la práctica de atención plena.
Sí. Las horas inactivas silencian un tramo del día completo, por ejemplo de 20:00 a 9:00, y el botón de pausa detiene los avisos de 1 a 24 horas. También puedes decirle que no suene si el móvil está en silencio o en modo avión.
No. Esta web no instala cookies, no lleva analítica, no carga fuentes ni scripts de terceros y no hace ninguna petición fuera de revenir.es. Por eso no verás un aviso de cookies: no hay nada que consentir.
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Un recuerdo suave, a tu ritmo. Nada más.
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